Comentarios viruslentos (37): Un plan de actuación de la OMS para no acabar entre la espada y la pared

Desde 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha ido desarrollando y puliendo una «herramienta» (comités de expertos que hacen evaluaciones de riesgo en función de la información disponible) para tratar de identificar aquellas enfermedades que representan (o representarán) un riesgo para la salud pública debido a su potencial epidémico y contra las que no hay contramedidas o éstas son consideradas insuficientes. Esta herramienta debe señalar aquellas enfermedades, y patógenos, para las que la investigación y desarrollo de vacunas y medidas terapéuticas debería ser priorizada. La lista generada no es una lista exhaustiva, ni pretende apuntar a los responsables de la próxima gran epidemia o pandemia.

La primera lista de enfermedades priorizadas se publicó en diciembre de 2015. Esta lista experimentó una nueva revisión en enero de 2017 y una segunda revisión, que es la que nos ocupa, publicada a principios de febrero de 2018. Los integrantes de esta lista, que podría ser la de los «Ocho odiosos» de Tarantino son:

  • el virus de la fiebre hemorrágica Crimea-Congo (CCHF),
  • los filovirus Ebola y Marburg,
  • el virus de Lassa,
  • los coronavirus que causan el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS en inglés) y el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS, en inglés)
  • el virus Nipah y las infecciones por henipavirus (redundante),
  • el virus de la fiebre hemorrágica del valle del Rift (RVFV),
  • el virus Zika
  • y la enfermedad «X» (nuestro soldado desconocido pero patogénico). Con este octavo odioso se quiere indicar que hay que tener preparadas herramientas «universales» para detectar y hacer frente a un patógeno aún por venir, que aún no ha empezado a causar ninguna infección en seres humanos.

En la lista no salen otros que se han considerado seriamente como candidatos como: las fiebres hemorrágicas debidas a arenavirus diferentes del Lassavirus, Chikungunya, coronavirus altamente patogénicos distintos de los causantes de MERS y SARS; enterovirus emergentes como EV71 o D68, entre otros, pero su situación podría modificarse a la próxima revisión en función de cambios en su propagación o área geográfica.

Hay otras enfermedades que no se han incluido pero a las que habría que vigilar con el rabillo del ojo como la leptospirosis y la viruela del mono (monkeypox). Y muchas otras, que causan decenas de miles de muertes anuales, se han dejado fuera; tampoco se incluyen dengue, fiebre amarilla, VIH / SIDA, tuberculosis, malaria, virus influenza (gripe) causante de enfermedad humana grave, viruela, cólera, leishmaniosis, el virus de la fiebre del Nilo Occidental y la peste. Se considera, sin embargo, que continúan representando problemas de salud pública importantes y que son necesarias más investigaciones y desarrollos a través de las iniciativas de control y financiación existentes; su no inclusión habría explicarla en la existencia de sistemas de control o saneamiento que reducen el impacto; vacunas aceptables, que no perfectas, o un escenario de cierta cronicidad que le sacan parte del «peligro potencial».

Si os fijáis, en la primera lista (The Hateful Eight) no hay ninguna bacteria; todos son virus. No es una crítica pero sí una constatación. De hecho, el mismo documento no excluye la posibilidad de que, en un futuro próximo, y como consecuencia de la generalización de las resistencias antimicrobianas (a los antibióticos) alguna bacteria resistente o multi-resistente sea debidamente priorizada.

Os preguntareis, ¿esta primera lista de los Odiosos Ocho estará compuesta, pues, por patógenos sin vacuna ni medidas post-exposición efectivas? Y la respuesta es sí pero; en algún caso hay vacuna pero no está suficientemente ensayada o no se sabe si es lo suficientemente segura; en la «mayoría» de infecciones víricas no hay mucho que pelar «después» de la infección más que el tratamiento de apoyo de constantes vitales (os pondré un ejemplo en la próxima entrada).

El documento hace un llamamiento por la mejora del diagnóstico; un mejor y más rápido diagnóstico permite una mejor selección, aislamiento, y tratamiento de los afectados; es un tema de salud pública, no tanto de salud individual. Además, es importante que las herramientas diagnósticas distingan entre vacunados y aquellos que han pasado una infección natural, que quiere decir que el virus se encuentra circulando.

La OMS es una organización que vela por la salud humana pero no por ello deja de aplicar un enfoque de One Health, alertando de la necesidad de procesos de priorización paralelos para la salud animal. Un adecuado apoyo a la investigación y el desarrollo en la sanidad animal ayuda decisivamente a prevenir y controlar las enfermedades animales minimizando los saltos o derrames (spillover) del compartimiento animal al ser humano y mejorando paralelamente la seguridad alimentaria. También se recuerda la potencial utilidad de las vacunas animales para prevenir emergencias de salud pública. El caso del virus Hendra en Australia sería un buen ejemplo.

Los factores medioambientales (en mi opinión cada vez más importantes) son señalados como potenciales causantes de emergencias de salud pública (por mí ya las están causando, con el calentamiento global y el movimiento de especies y trastorno de hábitats que está generando).

El documento apunta finalmente a que el nivel de riesgo infeccioso irá a más cuanto más se agudicen los desplazamientos forzados, las migraciones por hambrunas o conflictos armados, o por desastres naturales (algunos de ellos de origen climático, otra vez). Estos son incontrolables, aquellos otros dependen únicamente de la humanidad y su estupidez.

Pero esta, esta es otra historia.

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