Invertir en ciencia es invertir en el futuro… ¿Pero quién la paga?

Hace años estuve trabajando por un período de más de un año en Estados Unidos. Mi actividad se desarrolló en el Laboratorio de Diagnóstico Veterinario de la Universidad de Minnesota y de entrada me impactó en gran medida la cantidad de pruebas diagnósticas que utilizaban para situaciones que, a mi modesto entender, no se requerían. De hecho, les pregunté directamente por qué las hacían y casi se sorprendieron de que no fuera evidente para mí. Su razonamiento fue que la sanidad animal tenía una clarísima asociación a una serie de enfermedades que afectan a las personas, así como una mejora en la calidad de la alimentación de las mismas. A la larga, la inversión en sanidad animal suponía un menor gasto en salud pública, con lo que, de alguna manera, tanto la sanidad animal como la salud pública se encontraban en una situación “ganadora”. Estos hechos llevaban implícito que el progreso científico en el ámbito de la sanidad animal (desarrollo de nuevas herramientas diagnósticas, mejor conocimiento de las enfermedades animales, etc.) tiene repercusiones que van mucho más allá de los propios animales.

He puesto el ejemplo de la sanidad animal, dado que es el campo en el que trabajamos en el CReSA. No obstante, a estas alturas existen pocas dudas sobre la inversión que supone la investigación científica para un país. Se debe ser consciente, y ello es importante, de que se trata de una inversión a largo plazo que no da frutos palpables hasta después de unos años de realizarla. Existen ejemplos de muchos países desarrollados (tales como Alemania, Suecia, Estados Unidos, Japón o Corea del Sur) donde su propia economía se ha revalorizado gracias al valor añadido de los avances científico-tecnológicos. Estos países han seguido una política científica decididamente orientada al desarrollo y al conocimiento y, definitivamente, han apostado por inversiones públicas importantes en este ámbito. Otras fuentes de financiación, como podrían ser el mecenazgo o el micro-mecenazgo (cada vez más en boga), han ido tomando un mayor protagonismo para poder llevar a cabo iniciativas científico-técnicas que, de otra manera, no hubieran tenido lugar. Ejemplos internacionales serían la Fundación de Bill y Melinda Gates, que ha financiado un número importante de proyectos para el desarrollo de métodos de control de enfermedades, o aquí, en España, la Fundación Cellex, que ha financiado múltiples proyectos, algunos de ellos recientemente en el campo de la fotónica. Finalmente, existe una financiación empresarial de una ciencia más aplicada con el objetivo de desarrollar productos que acaben siendo comercializados y que puedan generar beneficios económicos a las empresas que realizan estas investigaciones.

Si la pregunta del título de este blog se refiriera a quién financia la investigación independiente (no sujeta a los intereses específicos de las empresas de desarrollo de productos), entonces la respuesta sería “las convocatorias nacionales e internacionales (europeas básicamente)”, así como “la posibilidad de mecenazgo”. El impacto global de esta última es, no obstante, aún muy limitado.

Dicho de otra manera, el grueso de la financiación científica acaba procediendo de las administraciones públicas, es decir, de nuestros propios bolsillos como ciudadanos. Sin embargo, esta situación está lamentablemente asociada a la repartición del dinero existente entre las partidas presupuestarias de los gobiernos correspondientes. ¿Qué quiere decir esto? Ni más ni menos que la financiación de la ciencia está a las mismas expensas de recortes presupuestarios que están aplicando nuestros gobernantes actualmente. Todo lo expresado anteriormente se ha traducido en que los recursos económicos públicos destinados a la investigación en España han vuelto a los niveles de hace siete años, después de llegar a un pico máximo en 2009. Si la ciencia es progreso y futuro, es evidente que con estas acciones estamos comprometiendo nuestro futuro como país. Perder centros de investigación e investigadores/as no es perder algo que podamos recuperar mañana; la recuperación en estos ámbitos lleva años y la pérdida no es apreciable en el momento en que se produce, sino que comporta unas claras consecuencias en el futuro. Es más, también habría que preguntarse por qué hemos invertido tanto dinero en la formación de estas personas. Al fin y al cabo, su formación se ha financiado con dinero público y es curioso que los países con visión científico-tecnológica acaben “fichando” a los investigadores/as de nuestro país y sean quienes se beneficien de ellos. Se puede “recortar” políticamente lo que corresponda, ¡pero no se debería “recortar” el futuro de un país en su conjunto!

Conoce algo más al autor de este post:

Investigador del Programa de Sanitat Animal. IRTA-CReSA. Catedràtic de la UAB. joaquim.segales@irta.cat